La Historia de William #1

Un Nuevo Nacimiento

Pinar de Valsen; Lirys | Los Reinos del Norte

 

La noche abrazaba al completo la gran área forestal del país, que a su vez se veía mimosamente acunada por la ligera brisa que descendía de las Montañas de Cristal, al oeste.

Los arboles se movían al compás, como si estuvieran bailando una antigua y secreta coreografía que glorificaba la hermosura de aquella frondosa tierra y a la enorme luna que se apresuraba en ocultarse, dejando paso a los primeros rayos del amanecer.

El astro mayor revelaba ahora un autentico paraje norteño, lleno de una dorada espesura que poco a poco tornaba a su color verde chillón, rebosante de vida. Junto a ello los primeros animales comenzaban a deambular, mañaneros, en su ciclo de vida. Desde el mastodonte más pesado a la liebre más rápida, todos daban comienzo a su rutina. De igual forma era para William, un cazador que madrugaba apasionado para participar en la encarnizada batalla de la vida: la supervivencia.

Sus pies se hundían en la fría nieve del suelo, los primeros reductos de hirnu: la estación helada, dejando unas pequeñas huellas tras de sí.

Inevitablemente, dado a su notable e intrínseca capacidad de observación tan indispensable para su labor, el muchacho encontró una inusual huella en la nieve. Esta era una marca que nunca había visto en sus largos años por aquellos lares, como una especie de pie alargado, con garras, que casi parecía propiedad de un monstruo a un animal. Sin embargo él se consoló sabiendo que los monstruos no existían, pues todas las historias de seres semejantes no eran más que eso, mitos y leyendas de edades pasadas para asustar a los críos.

Alzando la mirada, William continuó de nuevo con su labor en la pequeña persecución de un ciervo, el cual se le había escapado unos minutos antes. No obstante la suerte parecía estar de su parte, pues el venado estaba a no más de veinte metros de él. Eso le hizo esbozar una sonrisa. Hoy iba a poder cenar algo de calidad.

Un buen matorral sirvió de cobertura y camuflaje para el chico, que observaba al animal beber del pequeño estaque delante suya. Tensando el arco con cuidado, el tyrio contuvo el aliento mientras dejaba la flecha descansar en su debida posición.

Afinó, se relajó y disparó.

El cuchillo cortaba ágilmente la carne del venado, cumpliendo su función para con su dueño, que sonreía al ver como las cosas marchaba sobre ruedas. Puede que su vida fuera algo dura y con pocas comodidades, pero sin duda alguna prefería la libertad y plenitud que sentía con ella a la jaula amurallada de la ciudad. Además, tenía sus fieles compañeros de la infancia, aquellos que lo acompañaban en el arte de la caza y la vida rupestre que tanto los llenaba. Y eso no tenía precio.

La noche volvió a caer con rapidez, como era normal en la región de Sornos durante aquella estación. Únicamente una hoguera iluminaba, ardiente, el oscuro pinar, que se tornaba algo siniestro cuando era imposible ver más allá de dos árboles de distancia. Pero el ánimo del pequeño grupo de hombres no parecía desfallecer, riendo y bebiendo la recién traída cerveza que uno de ellos compró aquel día en el pueblo cercano.

—Bueno chicos, aprovechad la ultima buena comida que tendréis en los próximos tres meses —Dijo el nórdico que repartía los platos de guisado con su famosa salsa picante.

—¿Quieres un poco? —Preguntó el más joven del grupo al de su lado.

—¡Ni lo sueñes!

—¡Vamos tío! —Insistió el chico acercando su plato a la cara del compañero.

—¡Que yo ya tengo suficiente con mi plato! ¡No tengo ganas de pasar otra noche entre arbustos como la ultima vez!

Con boca abierta en su rostro, Maik, el mozuelo, miraba su ración con asombro e incredulidad.

—¿Pero qué tengo que comer de aquí? ¿La carne verde o la negra?

Inmediatamente un montón de risas se hicieron notar por todo el campamento, salvo el cocinero, que refunfuñaba en su lengua ante tales desagradecidos.

Moviendo la cabeza con resignación pero con creciente alegría por el buen ambiente, William miró con desconfianza a la penumbra del bosque, cambiando repentinamente su rostro a uno más serio. Había oído algo.

—Chicos… —Avisó el cazador a sus compañeros.

Inmediatamente unos gruñidos como de perro se hicieron presentes con fuerza, logrando poner en alerta al resto de hombres, que agarraron sus armas con rapidez.

—¿Qué narices es eso? —Preguntó uno.

—Seguramente serán perros salvajes. Tened cuidado, ya sabéis que son peores que los lobos.

Desenfundando su espada, Ragnar, el nórdico cocinero y líder del grupo avanzó un par de pasos hacia el bosque, aunque sin llegar a adentrarse.

—No me suenan a perros, Jurd…

Como si estuvieran respaldando su palabras, seis licántropos surgieron lentamente de las tinieblas, acercándose a los hombres y acorralándolos al rededor de la hoguera. No obstante ningún sonido de batalla se produjo, porque hombres y bestias se miraban a los ojos. Unos para reaccionar al menor movimiento y otros para arremeter indicado el momento.

—¡Qué demonios son estas cosas!

—Son hombres lobo, lokir —Respondió Ragnar manteniendo el tipo —. No hagáis movimientos bruscos. Estos seres temen al fuego y mientras estemos cerca del fuego se quedarán ahí.

—Y si es así ¿Por qué se están acercando cada vez más?

Tragando saliva, el líder respondió con signos de temor en su voz:

—No lo sé…

Tras un intenso minuto de inactividad por parte de ambos grupos, un aullido profundo y feroz sonó en las profundidades del bosque, tras los cazadores. Instintivamente los diez voltearon para plantar cara al peligro. Lo que no esperaron es ver a la peor de sus pesadillas.

Un enorme licántropo de color negro y cuyos ojos brillaban de un intenso color amarillo radioactivo, el cual miraba con deseo a Maik. Enseguida entendió el nórdico lo que iba a suceder si no actuaban.

—¡Daos prisa! ¡A las armas!

Sin darles tiempo a sus presas para que plantaran resistencia, el primero en atacar fue el licántropo negro, que saltó de cabeza a por el joven Maik, destrozándolo como si de un juguete se tratara. Acto seguido, el resto de hombres lobo siguieron a su amo y atacaron a los humanos, que nada podían hacer.

El bosque pronto se llenó de gritos de dolor, terror y aullidos de poder.

William permanecía quieto, paralizado por el miedo y la carnicería que presenciaba, donde sus más preciados amigos caían ante las garras y dientes de las bestias.  Quiso la suerte que hasta aquel instante ninguno se fijara en el pobre hombre, pálido del terror. Pero pronto las tornas se volvieron en su contra, pues uno de los lobos se percató del humano y arremetió contra él.

Haciendo acopio de todo el valor que pudo, William desenfundó su espada, dispuesto a luchar hasta la muerte, mas poco duró ante el monstruo canino que se cernió sobre él.

Un duro golpe de la bestia tiró por los aires al tyrio, que cayó entre unos arbustos con varios huesos quebrados, apenas consciente y herido de gravedad. Sus sentidos se alejaban de él mientras oía en la lejanía los gritos de sus camaradas, devorados por los hombres lobo. Esperaba caer presa de las fauces del mismo que lo tumbó con tanta facilidad, pero en lugar de eso cayó víctima del desmayo, adentrándose en la fría oscuridad de la muerte.

De nuevo amanecía en las frías tierras de Lirys, con el canto de los últimos pajarillos que revoloteaban antes de migrar al sur, como todos los años.

El campamento de los cazadores estaba ahora tranquilo, sin ningún movimiento que indicara vida en él. La sangre derramada en el suelo, congelada por el clima helado, era testigo de la masacre de la noche pasada, al igual que las tiendas rajadas y la hoguera humeante; apoyado en un árbol y sentado se hallaba el único superviviente del desastre, que observaba con sumo silencio y pesar tan amarga escena. Así llevaba dos horas.

William no paraba de recordar los radioactivos ojos de aquel licántropo, de las suplicas de sus amigos que intentaban pedir clemencia a unas bestias sin corazón…

Un suspiró salió del chico con dolor. Rápidamente se llevó las manos al pecho y gesticuló una muesca de incomodidad. Levantándose la camisa vio cuan rápido se había curado el zarpazo que le asestó el hombre lobo la noche pasada, y lo que era más sorprendente, como se había recuperado de las múltiples lesiones óseas.

Al tocar la herida con su mano volvieron a él los recuerdos del hombre lobo que lideraba al resto, y de esos malditos ojos que devoraban el alma. Miró de nuevo  el campamento y los restos de huesos humanos que yacían en la tierra. El peso de la culpa era demasiado ¿por qué él? ¿acaso juzgaban los dioses justo que William Ghazor sobreviviera y el resto no?

—Quizás… —murmuró cabizbajo —. Quizás esto sea una oportunidad.

El chico alzó la vista y miró al cielo.

—Sí —Se convenció —, desde luego es otra oportunidad. Y no la voy a desperdiciar.

Venciendo la tristezas y amargura que asolaban su mente, el muchacho se levantó, por fin, del suelo y se dispuso a abandonar el lugar, dirección a la ciudad, único sitio donde podría obtener todas las cosas que necesitaba en aquel momento. Y las que necesitaría en los días venideros.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s