El Libro del Adair

Todos mis libros solo cuentan con un único capítulo publicado, a fin de no desvelar la trama y subtramas de los mismos salvo que el lector adquiera una copia de ellos o acceda al medio ofrecido por mi para su lectura completa. Para más información contactar conmigo a treaves de la sección pertinente.

Memorias del Sultán

Escrito por Farid Imâd Al-Dîn; 100 de la 2E

 

Que esto sirva para recordatorio a todas las generaciones; todos los pueblos habidos y por haber recuerden nuestra tragedia, a fin de que nunca más hombre alguno sea derrotado por nuestros adversarios. Que estos escritos sean preservados de edad en edad, para entendimiento de lo sucedido.

Yo soy el único heredero de los Al-Dîn, linaje real de nuestro orgulloso pueblo, y escribo estas letras a los futuros descendientes que han de convertirse en sultanes y a todos los escribas del reino. Narra aquí el nuevo Sultán de los m’lakir en las lejanas tierras de oriente, que sus habitantes llaman Erun.

Hemos perdido nuestro regalo más preciado, tesoro encomendado por los cielos a nuestra gente y ahora en mano de esas amorfas bestias del norte occidental.

Durante más de mil años, desde el principio, los Muntakhab hemos dominado y vivido en las tierras occidentales como enseñan los viejos relatos de los Ancestros. Pero ahora nos hemos visto expulsados de nuestra patria, Aurora, convirtiéndonos en extranjeros de una tierra hostil. Ahora no somos más Los Elegidos, si no los M’lakir.

Los vastos paramos arenosos de Aurora aun rondan muy atados en nuestros corazones, recordando cada uno de sus montes, de sus cañones, de sus ríos caudalosos y sus grandes oasis de verde  hierva. Las quebradas ciudadelas sepultadas bajo la arena del desierto, antiguos santuarios devorados por la oscuridad que nos subyugó tiempo atrás, pero que logramos vencer. Monumentos al cielo y recordatorios del pasado carcomidos por polvo y sol.

Recuerdo las majestuosas ciudades que mis antepasados levantaron con sus propias manos, las mismas donde me crié y el sello de la nueva generación que iba a gobernar el continente. Separadas de los restos antiguos, lugares tan viejos y remotos que estaban hasta malditos; hogar de espíritus malignos.

Sin embargo, no fue nada de aquello lo que propició nuestra caída, sino un enemigo que nos resultó desconocido en todo tiempo y que servía a las mismísimas sombras. Un antinatural cruce de hombre y bestia, cuyo poder residía en la hechicería y las artes diabólicas, cosas a las que jamás ninguno de nuestra generación se enfrentó.

Al principio todo parecía estar a favor de nuestro experimentado ejército, hombres de valor que mantuvieron a raya a nuestro torpe enemigo, que no demostraba haber enfrentado jamás a un ejército terrestre. Mas la suerte no permanecería mucho de nuestro lado, pues aunque torpes en combate, los Gorm eran demasiado astutos y versados en la magia negra.

A sí, Gorm es el nombre de aquella raza, monstruos víctimas de un enorme sobrepeso y de un pestilente hedor, pues la suciedad les acompaña por doquier.

Primero lanzaron una plaga contra todas las bestias salvajes de Aurora, muchas de las cuales nos servían en batalla, y lo siguen haciendo, pues logramos traer algunas hasta Erun. Cuando acabaron con los animales principales, lanzaron sus infecciosas plagas y pestes contra nosotros. Tomaron así la mitad del continente en poco tiempo, aunque nuestro conocimiento del terreno nos permitió oponer una relativa resistencia pese a las grandes bajas sufridas por la Peste y por las ulceras malignas.

Preocupados por estos poderes, los más sabios de la corte buscaron en los textos antiguos alguna clase de información sobre esos seres, que cada vez se reforzaban más y eran mayormente atrevidos a atacarnos frontalmente.

Descubrieron entre papiros y libros que los Gorm no eran sino una enigmática y vieja aberración, producto del cruce antinatural de los m’lakir con sapos en tiempos tan remotos y pasados que apenas había información de ello. Aquello fue como un baño de agua helada para nosotros, pues la sola idea de que los Ancestros no hubieran ascendido a los cielos sino que hubieran acabado presa de las tinieblas mermó considerablemente nuestra memoria del pasado y la determinación para el futuro.

Todo por lo que habíamos luchado, vivido y trasmitido nos fue pisoteado en unos minutos de estudio sobre aquella repugnante raza, teniendo ahora una nueva herida, aquella que no sana tan fácilmente. No obstante, el Sultán (mi predecesor) supo apelar al valor y el honor de nuestra gente, pues el pasado y los pecados de nuestros padres no marcarán a su descendencia para siempre. Quizás sufrimos las consecuencias de los errores de aquellos que nos precedieron, pero nosotros tenemos el poder y la autoridad para vencerlos y crear un nuevo futuro. Si la historia que aprendimos desde pequeños resultó estar errada, nos aseguraríamos de que las futuras generaciones aprendieran las verdaderas.

Solo bastó la determinación de un solo hombre, el conocimiento de la verdad y la disposición a realizar el cambio para que todo nuestro pueblo alzara un clamor feroz a los cielos y cargara contra los invasores, que nos creían derrotados en nuestras fortalezas como si de tumbas se trataran.

Recuerdo aun aquella gloriosa marcha, rumbo al norte de Aurora, lugar de la nueva capital Gorm establecida bajo las faldas del volcán Krokotea, cuya tierra permanecía desolada y maldita desde la Era Oscura. Aquel día, los m’lakir hicieron frente a su mayor adversario, en tierras prohibidas que nuestros pies no pisaron desde los albores de los tiempos, con canciones tan antiguas que quebraban el alma.

Un día y una noche duró aquella masacre. Hombres y Gorm luchando salvajemente por el dominio del continente.

La batalla se declinaba a nuestro favor. Ni conjuro ni arma podía detener la determinación del Pueblo, que pretendía forjar su futuro donde los Ancestros fracasaron. Hasta el mismísimo señor de los Gorm pareció temblar ante la acometida del Sultán, que lideró con valentía a las tropas hasta el mismísimo corazón de la montaña. Pero aquello fue nuestro final.

Con una poderosa magia maldita, los Gorm hicieron despertar al volcán que llevaba ocho siglos durmiente. La tierra comenzó a temblar bajo los pies de los dos ejércitos, no obstante, ese era el plan de las bestias desde el principio, y para ello se habían preparado. Para cuando nos dimos cuenta, la ardiente lava corría por el campo de batalla, trayendo una desolación sin igual a nuestros ejércitos. Pero lo peor aún estaba por llegar: una densa capa de ceniza y polvo ocultó la luz del sol y las estrellas sobre la faz de Aurora. El aire arrastraba la toxicidad de la montaña hacia el sur, aire que ahora era nuestro enemigo, pues nuestros adversarios retornaron al norte, a sus tierras fétidas, sabiendo que habían logrado lo que querían: la destrucción de nuestro pueblo y la conquista del continente, por ende. Ellos solo tenían que esperar que la nube de ceniza que amenazaba los cielos de Aurora cumpliera su cometido, ahogando a todo ser viviente bajo ella durante el tiempo siguiente.

Ante tal panorama, los supervivientes a la batalla retornamos a nuestras ciudades; portadores de malas nuevas. Los muertos quedaron atrás, descubiertos a la ira del volcán, pues nuestra muerte era inminente. Una desesperada carrera por la supervivencia se inició tras esos sucesos.

No tuvimos tiempo para organizar nada. En nuestra soberbia pensamos que la victoria sería nuestra, sin dar opción a medidas por si fracasábamos. Por nuestra arrogancia perecieron aquel día millares de los nuestros, desgraciados que no encontraron sitio en los barcos que partían hacia oriente.

Desordenados y sin liderazgo, aquello se convirtió en una carnicería. Con la inesperada muerte del Sultán en los campos de ceniza, la ley del más fuerte imperó. Tal fue el precio por nuestro descuido.

La unidad que mantuvo fuerte al Pueblo se vio quebrantada. Nuestro orgullo, hundido. Nuestra casta, contra las cuerdas de la extinción.

Entre gritos de suplicas y agonías partieron los navíos, con una injusta estampa tras nosotros. La oscuridad se cernió sin remedio sobre los rezagados. Asfixiados por la ceniza, algunos nos maldijeron. Otros se lanzaron al mar, esperanzados de llegar a otra costa con sus fuerzas. Sea como fuere, todos ellos murieron por nuestra culpa, por mi culpa.

Ninguno de los altos líderes militares (ni yo mismo, siendo hijo del Sultán) tuvimos la eficacia de prever una derrota ante los Gorm, mucho menos un contraataque de tal calibre. Pero no eludo mi responsabilidad por ello, ni pretendo excusarme mediante mis hechos tras la masacre, pese a que por mi pudimos salir vivos del Gran Desierto y llegar a Erun. Un hombre ha de ser consecuente con lo que hace y las decisiones que toma.

Por eso mismo, al llegar a las costas desérticas del oriente, decidí tomar lo que por derecho me pertenecía e intentar llevar a los supervivientes a su salvación. Ese era mi deber.

Durante cinco largos años guie a mi pueblo por las destructoras dunas del Gran Desierto, aquel lugar desolado que no contenía ni agua ni comida. Ni aun viniendo de un continente donde el sol y la arena eran tan comunes como el quedarse en cinta para una mujer, pudieron todos soportar el camino. Sin embargo la ayuda divina nos asistió, acudiendo en nuestro rescate cuando más lo necesitábamos, pues las tensiones crecían entre nosotros, de tal manera que los rumores de un levantamiento corrían entre la gente.

Una noche me fue revelado, unas letras fueron grabadas en piedra ante mis ojos, poniendo en ellas la dirección a tomar. No hubo mano alguna ni persona que las hiciera, simplemente se escribieron ante mí. Y solo yo las pude entender.

Hacia el Sur 21000 pasos, hacia el Este 144000. Por las montañas donde nace el sol, con el océano a tu diestra, continúa hacia el sureste; la tierra que pisareis al dejar atrás dichas montañas os será por patria y hogar hasta el cumplimiento de los tiempos

Dejando, pues, atrás aquella señal en la roca, que a día de hoy puede ser localizada como sello y testigo de mis palabras en el mismo lugar donde se originó, nos encaminamos en dicha dirección, poniendo nuestras esperanzas y último aliento en aquellas indicaciones. Así llegamos, como fue advertido, a un lugar que nos recordaba a nuestro antiguo hogar, en semejanza y dureza a Aurora. Pocos podrían haberse asentado en aquella arenosa e inhóspita tierra, hogar de nuevas y salvajes criaturas que no vimos antes. Pero nosotros lo hicimos.

Nos adueñamos de sus montes y dunas, de sus extensiones de hierba y sus grandes oasis. Aquel lugar inhabitado pasó a ser nuestra propiedad, cuyo nombre fue: Echus, esto es: Oportunidad, en nuestra lengua. Porque volvimos a tener una nueva esperanza y ocasión de redimirnos en otro continente ajeno. Aunque jamás olvidaremos aquello que perdimos con tanto dolor y sangre, pues ni esta tierra ni todas las habidas pueden remplazar a nuestra patria querida, la tierra que nos vio nacer. Nuestra familia…

Que las futuras generaciones atiendan. Que nuestros camaradas pongan interés en nuestros avisos.

Recordad que hay dos formas de aprender: mediante la experiencia de otros o mediante vuestro propio ojo. No queráis ser como nosotros, sino mejores que nosotros. Lo que os digo escuchad; que os penetren bien estas palabras en los oídos.

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