Sombras de Erun

Todos mis libros solo cuentan con un único capítulo publicado, a fin de no desvelar la trama y subtramas de los mismos salvo que el lector adquiera una copia de ellos o acceda al medio ofrecido por mi para su lectura completa. Para más información contactar conmigo a treaves de la sección pertinente.

Capítulo 5: Despedida

“La perdición del hombre es correr tras un amor no correspondido”

Nathanael, Rey de Tyribias

 

Sentado en un tocón y frotándose sus manos, pensativo, delante de una vivaz hoguera, Héctor el altruano intentaba asimilar el atroz destino que le había tocado vivir tanto a él como a miles de sus camaradas.

Hacía ya tres días desde el ataque masivo de aquel misterioso ejercito, el cual no solo había masacrado a la mayoría de los montaraces, sino que también hubo reducido a cenizas el alcázar de Irtharaak. Aquel acto bien podía significar el final de la orden de Cazadores Salvajes, sino fuera porque unos cuantos pudieron salir con vida casi de manera milagrosa; el legado para una posible restructuración de dicha.

Mirando a su alrededor, unas cuantas decenas de montaraces rondaban atareados en el campamento provisional que habían establecido. La mayoría eran todavía zagales alocados, incapaces de enfrentarse a los peligros de la vida.

Sumado a ello, la realidad de que solo habían conseguido salvar un centenar de libros de la fortaleza y unas cuantas pociones u elixires de mantícora, guiverno, cancerberos, troll, vampiro, licántropo, cecaelia, estrige, hydra, grifo y quimera; muy poco material en comparación con lo que se tuvo.

—De esta no salimos… —Susurró cabizbajo al ser consciente de la realidad.

Ciertamente, aun quedaban varios profesionales, Cazadores adultos con capacidad para entrenar a una nueva generación y aceptar varios contratos, pero no los suficientes para llevar a cabo un resurgir de la orden en tan poco tiempo como el que se precisaba, antes de que se muriesen de hambre por falta de dinero y de recursos humanos.

Saliendo de su amarga meditación sobre los hechos reales, Oso Gris miró a los lejanos restos aun humeantes de la fortaleza. Un suspiro le siguió.

Durante setenta y dos horas habían conseguido mantenerse en las montañas, ocultos de cualquier pelotón de reconocimiento enemigo que aún pululaban por los alrededores del valle. Sin embargo el tiempo se agotaba. Cada vez eran más los informes que le llegaban a Héctor sobre la cercanía al campamento por parte del enemigo, y ya era hora de moverse si no querían ser descubiertos.

La única razón por la que se mantuvo allí tanto tiempo era su secreta esperanza de encontrar algún montaraz rezagado para salvarlo, en especial a su amigo de la infancia. Solo él estaba verdaderamente capacitado para llevar el peso de la orden, y confiaba en que aquel viejo pajarraco se hubiere escurrido de la muerte una vez más.

­—Héctor, los hombres están un poco nerviosos. Creen que ya hemos pasado demasiado tiempo aquí afuera —Se acercó uno de los Cazadores proponiendo con aquel comentario lo mismo que sus camaradas.

—Y tienen razón —Replicó —. No vamos a encontrar nada más que muerte si esperamos aquí un día más. Da la orden, nos marchamos.

Obediente, el fornido hombre se dispuso a transmitir sus directivas cuando un joven se chocó contra él en sus prisas por informar al altruano. La sonrisa salía del chico como si fuera portador de unas muy buenas nuevas.

—¡Cuidado, niño! ¿No ves por dónde vas?

—P-p-perdone, señor. Pero es que hay algo….

Interrumpiendo bruscamente, el Cazador respondió con enojo a aquella sonrisa estúpida.

—¿Te hace gracia el irte chocando con la gente? ¿Y si te quito esa sonrisa de un mamporro?

—Tranquilízate, hermano. Deja al chico que diga lo que vino a decir y cumple tú con tu tarea —Intervino Héctor aun sentado en el tocón y sin voltearse tan siquiera.

Con cierta reticencia a obedecer, el hombre prosiguió con su deber mientras el joven se plantó firme tras el altruano, comunicándole lo que había visto con sus ojos llegar al campamento.

—¡Señor! ¡Han regresado los últimos exploradores!

—¿Y bien? Supongo que no has venido a decirme solo eso…

Tragando saliva, contestó el muchacho.

—¡Señor, han encontrado al maese Ulrich!

Levantándose bruscamente, el montaraz miró fijamente a los ojos del chico, con una mezcla entre asombro e incredulidad por sus palabras.

Consciente de ello, el chico dio buen uso a su sagacidad y guió a su superior hasta el rescatado, que apenas había entrado junto al grupo de exploración en el campamento.

—¡Ulrich! —Gritó con alegría su amigo nada más verlo.

Bajando por la pequeña colina que daba entrada al lugar, Águila del Norte dio un leve choque de puños con su camarada, algo característico de ellos dos. Luego el altruano se dirigió hacia Al·labba, preguntándole donde habían encontrado a aquel cabezota.

—Te sorprenderá saber que nuestro audaz amiguito estaba echándose una siestecilla con las flores del campo —Bromeó como siempre.

—¿Así que conseguiste escapar? ¡Menuda suerte tienes!

—Bueno… en cuanto a eso hay una historia bastante rara para explicar, Héctor. Pero no quiero detenerme en eso ahora, tenemos un traidor que ajusticiar.

Recordando repentinamente la misión anterior tras aquellas palabras, Oso Gris invitó a Ulrich a sentarse al fuego junto a él y Al·labba para conversar convenientemente de lo sucedido en Irtharaak.

Allí, el trío se acomodó dispuesto a planear su siguiente movimiento una vez escucharan las palabras que Ulrich traía consigo.

—Muy bien, hermano. No te voy a negar que te maldecí unas cuantas veces por arrastrarme a tu plan suicida —Comenzó la conversación el altruano —, pero si es cierto que sabes quién es el malnacido que nos la hizo, estoy más que dispuesto a escucharte.

—Hrogan —Dijo el nórdico —. El traidor es Hrogan. Mató en mis narices a Kálinnir… y yo no pude hacer nada.

—¡Me estás vacilando!

—¿Cuándo viste tú a Ulrich tontear con esas cosas?

Matrashi reflexionó brevemente sobre aquello, pues su colega tenía razón. El Montaraz de Amüril jamás bromeaba con asuntos serios. Y este era uno.

—Al parecer nuestro lugarteniente estaba del lado de los Cabeza Hueso —Añadió Ulrich.

Arrascándose el mentón, Héctor analizó las palabras del Cazador, intentando encontrar alguna lógica a todo aquello. Pero no la había, al menos no con esa información solo.

—No lo entiendo ¿por qué se uniría el bruto ese con ellos?

—Al parecer, tanto él como los lideres buscaban algo en común: un gran libro de cuero negro con un dibujo raro en la portada…

—Será por libros… —Masculló Matrashi entre risas, reflejando la clara ironía que le parecían tantas muertes por un trozo de papel encuerado.

Dándole un pequeño golpe en la pierna, el nórdico se dirigió al m’lakir, pues había captado perfectamente lo que quiso decir con esas palabras y con su rostro apesadumbrado.

—Por eso mismo, Mamba, debemos apresurarnos y dar caza a ese perro sarnoso. Es imperativo que marchemos cuanto antes.

—¿Acaso tienes alguna pista de su paradero? —Preguntó Héctor interesado.

Con un leve movimiento de cabeza y tragando saliva, Ulrich se explicó:

—Bueno… tuve una especie de visión. Algo o alguien me indicó mientras huía de la fortaleza que debía poner rumbo a Castilla, en relación con mi cacería de Hrogan.

—¡Espera! ¿Algo o alguien? ¿Una visión? ¿Me estás diciendo, enserio, que estás basando todo esto en una alucinación tuya? —Interrumpió el altruano, incrédulo por lo que escuchaba —. Tú has tragado más polvo de lo que creía.

—Héctor, no voy a discutir esto. La capital del Condado de Titus es mi mejor y única pista a seguir.

—¡Una pista producto de una ilusión, Ulrich!

—Estoy dispuesto a correr ese riesgo. Y tú también deberías. Al fin y al cabo no tenemos nada mejor. Envía algunos de los nuestros a las tierras del sur, que busquen cualquier indicio de Hrogan y sus esbirros. El resto que investiguen Amüril de cabo a rabo también.

Acercándose uno de los Cazadores hacia Oso Gris, pausó la conversación entre los tres para informar de que los montaraces ya estaban preparados y listos para marchar, a falta de recoger solo unas pocas tiendas. Levantándose tras ello, Héctor dio las gracias a su camarada y recogió sus armas, puestas sobre una improvisada mesa de madera cercana a la hoguera. Tras equipárselas, se volvió hacia sus dos amigos y contestó a la propuesta del nórdico.

—Lo siento, pero no. No pienso enviar a nadie tras una ilusión —Enfatizo en la última palabra —. Tampoco puedo, aunque quisiera. Todos los profesionales que ves aquí me son necesarios para proteger a estos cachorros, y los que quizás te hubieran seguido partieron hace días hacía Sornos.

—¿Los Reinos del Norte?

—Sí, marcharon como vanguardia hacia una antigua fortaleza de la Inquisición. Allí planeamos volver a forjar  la orden. Cosa de la cual te deberías encargar tú, no yo —Dijo con cierto enojo.

Mordiéndose la parte inferior de los labios, Ulrich meditó bien sus palabras antes de contestar.

—Mi deber es vengar a Kálinnir.

—No te confundas, Águila del Norte; este altruano piensa tomarse la merecida venganza, pero no a tu forma. Reconstruiremos la orden, nos pertrecharemos como toca y saldremos a dar caza a ese maldito gusano.

Alzándose esta vez Ulrich de su tocón, se acercó a su amigo de la infancia y con palabras serias, replicó:

—Así que estoy solo.

—Eso parece.

Tomando la palabra ahora, el m’lakir decidió arrojar un poco de luz a las afirmaciones de ambos mientras jugueteaba con su bigote. Había estado callado demasiado tiempo y era hora de que él también hablase.

—Bueno, en contra de todo pronóstico, yo me decanto por la alocada idea de Ulrich —Sonrió mientras apoyaba su mano en el hombro del mencionado —. Así que no te vas a ir solo, colega.

Soltando una pequeña carcajada y con los brazos cruzados, Héctor confesó su satisfacción por aquella decisión. Al fin y al cabo, aunque él no se creyese toda esa pantomima de Castilla, confiaba en que de igual forma su amigo encontrara algo. También esperaba que la vida de Ulrich tuviese más opciones de seguir intacta con la compañía de un conocido, aunque con Al·labba nunca había nada seguro.

—Parece que esto es una despedida —Señaló el Montaraz de Amüril al ver la claridad de la situación y como los Cazadores Salvajes subían en sus monturas (algunos) o se ponían en formación, esperando la dirección de Héctor, pues ya estaban totalmente listos para marchar.

—Así es, hermano —Contestó Oso Gris al observar también al resto de montaraces —. Pese a todo, espero que la suerte esté de tu lado y encuentres lo que andas buscando —Dijo tras abrazar a aquel que era como su hermano de sangre.

—Lo mismo te digo, Héctor —Confesó Ulrich dando un último choque de puños con su camarada.

—En cuanto a ti, Matrashi —Se dirigió el altruano  —, nada de hacer locuras ¿entendido?

—Me pides mucho —Bromeó —, pero me da que la locura la vas a hacer tu al ir por el Paso Pálido hacia Sornos.

Al escuchar aquella declaración, el nórdico comenzó a reconvenir a su amigo, pues aquel sitio era hogar de guivernos, arpías y quimeras; uno de los lugares más peligrosos de Erun por sus emboscadas o aludes. Además la primavera estaba entrando con dureza en Amüril, lo que significaba que tanto las cumbres nevadas como las presas heladas se derretirían rápido, aumentando más el riesgo de catástrofes por aquella estrecha región montañosa.

No obstante, seguía siendo el mejor camino posible. Las alegaciones de Héctor eran de peso y muy claras: eran demasiados como para ir por el camino del sur, por lo que si lo hacían los Cabeza Hueso podrían encontrarlos o podrían toparse con algún gran cubil de monstruos, que para el caso eran igual de mortales. El reino enano de Kin-Duûríne estaba teniendo problemas políticos entre dos candidatos al trono, y como a los enanos no les gustaba que les molestasen durante esos asuntos, el paso de Kin estaba cerrado a cal y canto.

No, la única alternativa viable era el Paso Pálido, y si se daban prisa podrían atravesarlo antes del deshielo.

—Tranquilo, Ulrich. Está todo controlado —Le calmó mientras montaba en su caballo negro azabache —. Si partimos ya, tendremos una oportunidad.

No muy convencido por ello, el montaraz se permaneció quieto en el lugar junto a Al·labba,  viendo como el resto de Cazadores comenzaban a caminar tras el liderazgo de Héctor dirección norte. A la verdad, en su corazón estaba preocupado por los niños más que otra cosa, pues no dudaba de que los adultos salieran ilesos de cualquier situación por allí arriba. Al fin y al cabo, la prueba final de todo Cazador Salvaje consistía en pasar un invierno entero allí y traerle al maestro de la orden extracto de quimera, y en eso los profesionales estaban más que versados.

—Bueno, ya está. Se fueron —Comentó Matrashi una vez los perdió de vista.

Los dos montaraces seguían allí parados, con la fresca brisa corriendo tras sus espaldas.

Girando lentamente su rostro hacia Mamba Negra, Ulrich volvió a la realidad y se centró en lo que ahora verdaderamente importaba: encontrar a Hrogan y ajusticiarlo. Sin embargo, una pregunta rondó su mente antes de nada, pregunta que salió por su lengua mientras arqueaba su ceja izquierda.

—Dime la verdad, Matrashi… —Comenzó el nórdico —. ¿Por qué decidiste acompañarme?

Con aires de importancia, el m’lakir comenzó a juguetear  de nuevo con su bigote, dándole un aire monarcal.

—Entre tú y yo —Contestó. Luego se puso la mano en un costado de la boca y dijo —, he oído que en Castilla han abierto un nuevo burdel y no quería perdérmelo.

Al oír semejante cosa, Ulrich no pudo evitar esbozar una sonrisa, sonrisa que luego se transformó en una carcajada limpia.

Sinceramente, no se esperaba otra cosa. Lo conocía lo suficiente como para saber que él no iba a ningún lado donde no pudiera sacar algún beneficio, fuese cual fuese. Y si ese “beneficio” eran mujeres… mejor ni hablar.

—Bueno, parece que no me voy a aburrir por el camino —Prosiguió el Cazador entre risas.

Abrazándolo por encima del hombro, Al·labba Matrashi respondió con gracia y elegancia:

—Por supuesto que no, amigo mío. Por supuesto que no. Ahora sígueme, tengo dos jamelgos atados por allí —Señaló a entre los arboles —, y creo que uno de ellos te va a resultar familiar.

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